(Los artículos siguientes fueron publicados
en el diario La Nación.)
Itinerario de la poesía gauchesca
Por Fernando Sánchez Zinny
Terca e impasible, una circunstancia enigmática
subsiste adherida a la peculiaridad rioplatense. Casi todo lo que de
nosotros suele decirse puede bien entrar en el vasto universo de la
opinable o de lo arbitrario, pero no eso. Es, además, el único
aporte universal de alguna importancia tributado desde este rincón
del mundo al tesoro de la cultura, condición en que inevitablemente
se nos presenta el siempre extraño continente de lo gauchesco
literario.
Su modo consiste en algo que no es una jerga; en modo alguno, porque
más allá de los caseríos de Buenos Aires y de Montevideo
se decía “polecía” y “mesmo”,
no por capricho frívolo sino por incapacidad real de articular
las formas canónicas de esas palabras. Pero esos vulgarismos,
ruralismos y arcaísmos, nada tenían en sí de particular,
sino no fuese porque, de pronto e impensadamente, personas de la clase
letrada tomaron esa forma de expresarse como vehículo parea la
transmisión de mensajes poéticos, sea en alarde de mera
parodia como pareciera ser el caso de Juan Bautista Maciel, en los años
del virrey Ceballos, o quizá con intención propagandística
como seguramente se lo propuso Baltasar Hidalgo, ambos ya con una soltura
que habla a las claras de cierta tradición asentada con anterioridad,
sin bien desconocemos testimonios de su existencia.
El encadenamiento posterior es harto conocido: del juego se pasó
a la política militante y está se fue decantando con el
transcurso del tiempo hasta constituirse en pura abstracción,
recién insinuada en el Fausto criollo y en Los tres
gauchos orientales pero ya madura del todo en esa concreción
impar de la genialidad poética que es el Martín Fierro,
desencadenante de una tensión expresiva que habría de
dar frutos maravillosos en el medio siglo siguiente cuando se asumió
por completo la dimensión lírica que esa forma dialectal
admitía, merced a la obra de autores como “el viejo Pancho”,
Yamandú Rodríguez, Miguel Angel Camino, Luis Acosta García,
Romildo Risso y tantos otros.
Aunque nunca se ha atinado a dar una explicación, ni siquiera
aproximativa, de por qué esa gente –que no eran gauchos
y ni siquiera “agauchados”– hallaba tal plenitud expresiva
mediante el uso de un lenguaje que no le era propio. Nunca, tampoco,
se ha podido dar razón de por qué, sin excepción
alguna, todos ellos no pasaron de ser mediocres y secundarios poetas
cuando intentaron valerse de la expresión correspondiente a su
nivel genuino.
Estas dificultades las viene arrastrando la crítica literaria
desde los apuntes iniciales de Miguel de Unamuno y de Marcelino Menéndez
y Pelayo y tampoco han podido ser superadas por la magna Historia
y antología de la poesía gauchesca, compilada y anotada
por Fermín Chávez, (*), notable trabajo de actualización
, al que enriquecen sólidos y esclarecedores aportes de los extintos
Guillermo Ara y José Gabriel, de Aurora Venturini y de Angel
Núñez, así como un apéndice con la excepcional
contribución que acerca de los usos y mentalidad de los habitantes
de nuestra campaña hizo el sabio Francisco Javier Muñiz,
todavía inmerso en la cautela prerromántica.
Se trata de una revisión general de conceptos y valoraciones
a propósito de nuestra historia y del papel que en ella tuvieron
las peonadas y las legiones del pobrerío, así como de
una prolija y documentada reseña del recorrido hecho por esa
peculiar expresión poética desde los precursores “payadores
de gabinete” hasta sus más bien desmedrados herederos de
hoy, extraviados en festivales comerciales y en ruidosas tertulias partidarias.
En cuanto a las limitaciones inevitables, como a todas las obras de
este tipo cabe reprocharle que se empeñe en ver lo atemporal
–en este caso, atemporal en modo extremo, pues se ocupa de fantasmas–
desde una perspectiva temporal.
La redime la solidez de los conocimientos, el afecto profundo por el
tema tratado y, sobre todo, la necesaria desaparición de los
exclusivismos imaginados por los esquemáticos nacionalismo de
estas regiones: orientales, porteños, entrerrianos, santafesinos,
son, ahora abiertamente, lo que han sido siempre: un sentimiento indistinto
y un padecer único.
Hasta donde el raciocinio y la erudición llegan, hasta ahí
han llegado Chávez y sus compañeros: las luchas, las frustraciones,
la abrumadora constancia con que lo popular desordena las construcciones
ideales de quienes antaño fueron, asimismo, razonantes y eruditos,
a más de patriotas y obcecados, son mostradas con conmovedora
dignidad y sencillez.
Pero la gran limitación sigue presente y es el nudo mismo de
esta nota. Quedan en el aire, siempre sin respuesta, las preguntas desorientadoras:
¿Para qué? ¿Por qué? ¿Para qué
hombres letrados dejaron atrás sus delectaciones y egolatrías
y se plegaron humildemente al habla rústica? ¿Por qué
en esa transmutación y desgarro vinieron a encontrar una poesía
de milagrosa y bruñida nitidez, quizá como no se haya
hecho nunca otra en esa desolación austral?
Tampoco el fenómeno, hasta por razones cronológicas, puede
ser filiado a las exasperaciones románticas que instaron a Federico
Mistral a elaborar su poderosa poesía en una lengua que se estaba
extinguiendo y a Bialik a presidir el renacimiento del hebreo, echando
vino viejo en odres nuevos, según preceptos de la sabiduría
tradicional.
Convenzámonos: no hay respuestas y los intentos por darlas rondan
siempre un dramatismo de crueldad inusual. En la visión de Obligado,
Santos Vega es vencido por Juan sin Ropa que era el mismo diablo, es
decir que era el mal. Pero que a la vez era el progreso, es decir que
era el bien, al menos en la concepción decimonónica. El
payador muere, pues, para que la tierra se cubra de ganado y de mieses,
de dicha y de contento.
Y en el Martin Fierro se lee: “Después a los cuatro vientos
/ los cuatro se dirigieron…” y luego, “convinieron
entre todos / en mudar allí de nombre…”, exposición
descarnada del pertinaz desistimiento que siempre nos asecha, con la
aclaración tal vez pleonástica de que “aquel que
su nombre muda / tiene culpas que esconder…” A lo que hay
que añadir que Hernández había anticipado ya esa
actitud renuente en la primera parte de su poema: “Ruempo –dijo–
esta guitarra, / por no volverme a tentar…”
Las preguntas se expanden así a lo infinito: ¿Quiénes
somos? ¿Cuales son las culpas que nos agobian y que debemos esconder?
Esta es, en fin, la gran poesía nacida en las llanuras que miran
al Plata, hace de esto un siglo y pico.
(*) Ediciones Margus, Bs. As, 2004.
El primer poeta argentino
Por Fernando Sánchez Zinny
Se lo tiene por el primer poeta argentino; es, en todo
caso, el más antiguo de los nacidos en este país que nos
dejó testimonio de haberlo sido: cuatro siglos se cumplen el
25 de este mes del nacimiento de Luis de Tejeda, en Córdoba del
Tucumán, en Córdoba de la Nueva Andalucía o en
Córdoba la Llana, que todavía no era la Docta, pues la
casa de Trejo no fue fundada hasta 1613.
Historia muy rara la suya, en la que cada párrafo necesita de
una glosa. ¿Tejeda era argentino? ¿Lo era en una época
en que el nombre futuro del país estaba encapsulado en una petulante
cita humanista, aplicable a un desierto ignoto recorrido por bandas
de aventureros desarrapados? Y más allá del rigor cronológico,
¿se le puede llamar "primer poeta" a alguien que en
vida sólo alcanzó los halagos de una nombradía
de campanario y al que pasados más de dos siglos de su muerte
algunos eruditos rescataron del total desconocimiento y lo convirtieron
en manjar para sus paladares?
En ambos casos y con entera certeza, la respuesta es asombrosamente
afirmativa. En cuanto a lo primero, lo legitiman la desmesura, la exageración,
la autocompasión, la introspección amarga que signan los
textos que de él nos quedan, en un aproximado avant la lettre
de los rasgos tangueros que, con el tiempo, habrían de exaltarnos
y humillarnos. Acerca de lo segundo está la evidencia de que
cabe entresacar del conjunto de su obra un puñado de versos notables
-modosos, cadenciosos, gongorinos-, construidos con una dignidad literaria
que luego se ausentaría durante siglos de estas comarcas. Además,
tuvo la ventura de poder mencionar las márgenes del "pobre
Suquía" con un tono entrañable que no volvería
a sonar hasta que tres centurias más tarde se adueñase
de los labios de Arturo Capdevila.
Americano, hijo de americanos y nieto de conquistadores, con una porción
de sangre aborigen en sus venas, obviamente no era español en
sus sentimientos, carencia quizá dolorosa y que acaso haya influido
en su talante melancólico, en cierta renuencia esencial a la
alegría de vivir. Cuando nació, Córdoba tenía
unos 250 vecinos blancos más algunas indiadas; cuando murió,
en 1680, esa cifra pudo haberse multiplicado por tres o cuatro. Pero
de un modo u otro se trataba de pocas casas y ranchos dispersos entre
incipientes estructuras de iglesias y conventos y árboles frutales
traídos por el español. En torno, una campaña inmensa
y temible a la que enriquecía el trabajo de indios sometidos
al régimen de encomiendas, en tanto los amos vivían en
pie de guerra, alertados para sofocar las constantes sublevaciones.
Aunque no completó estudios, parece ser que Luis de Tejeda fue
alumno excepcional. Conocía bien el latín y se dice que
también el griego y el hebreo. A la vez, atiborraban su cabeza
la medicina, la filosofía, la teología, la jurisprudencia,
la oratoria, las matemáticas y la mitología clásica,
y era asimismo experto en dibujo, música y artes de la agricultura.
Enumeración tan amplia de saberes movió en su momento
a don Ricardo Rojas -inicial descubridor de este poeta- a preguntarse
si semejante fama no era simple reflejo de la ingenuidad de los contemporáneos
o, para decirlo con mayor precisión, de la índole pueblerina
de éstos.
De nuevo -curiosa, increíblemente-, Tejeda pasa la prueba. Es
verdad que manejaba con soltura a Duns Scoto y a Pico de la Mirándola
y que en su rústico aislamiento protagonizó gallardos
atrevimientos con églogas pastoriles y con sutilezas helenistas.
Exageraciones admirativas al margen, era, a no dudarlo, un hombre de
excelente formación. También era un hombre de cuantiosos
bienes en un mundo de estrecheces y frugalidades extremas, dueño
de las tierras de Soto, Saldán, Salsacate, Pichanas y Anzacete.
Recién llegado a la mocedad casó con una dama principal
y bajó a Buenos Aires para intervenir en una guerra que no ocurrió.
De regreso, ejerció en Córdoba cargos honrosos y tuvo
actuación destacada en las guerras del Valle Calchaquí.
A los 58 años, viudo y perseguido por la acusación de
haber hecho abuso de autoridad, se retiró a sagrado, es decir,
consiguió que se hiciera uso en su favor del derecho de asilo
eclesiástico. Primero como hermano lego franciscano y luego como
dominico, pasó 18 años a la sombra de rezos y devociones
y es tradición que fue durante esa etapa que escribió
todas sus obras, dato que no hay por qué rechazar si bien resulta
difícil imaginar que alguien se improvise poeta en plena vejez.
Es más: los culteranos versos que de él quedan transmiten
-no obstante la adscripción religiosa de todos ellos, aunque
en verdad contradiciéndola- cierto muy notorio aire de queja
juvenil, detalle significativo o no, según se quiera, pues a
los efectos simbólicos el poeta es siempre joven, está
inmerso en juventud perpetua, y todo indica que ese cordobés
leído fue el primero entre nosotros al que le tocó en
suerte poseer ese don indescifrable.
En todo caso, vale la substancia, que, en este caso, es lo mismo que
la anécdota o la moraleja: "Mientras canto y mientas lloro
[dice Tejeda] / y entre memorias pasadas / refiero agravios presentes?
// Para cantarlos me siento / sobre la arenosa falda / deste humilde
y pobre río / que murmura a sus espaldas". "El humilde
y pobre río" es el río Primero, el Suquía,
el San Juan de los conquistadores. Es cierto: no gran cosa como río,
pero véase que Tejeda se solaza en rebajarlo.
Es una actitud. Al describir un festejo público dice: "De
moros y de cristianos / los cuadros, con variedad / de flores, cuadrillas
varias / tratando están de imitar". Es decir, ni siquiera
imitan: tratan de imitar. Y enseguida se queja "de haber pintado
mal" esa fiesta.
También en su cuenta hay que anotar algunos sonetos memorables,
como aquel que dedicó a Santa Rosa de Lima iniciado con el impecable
y alado endecasílabo "Nace en provincia verde y espinosa".
Y también la extraña caracterización de Córdoba
como Babilonia: "La ciudad de Babilonia, / aquella confusa patria,
/ encanto de mi sentido, / laberinto de mi alma."
Babilonia aldeana en la que reinaba el pecado, cáliz nefando
en el que el poeta habría bebido hasta las heces. Porque Tejeda
se consideraba un gran pecador. Un gran pecador no en la trágica
acepción posible, sino en la muy reducida de las faltas que se
confiesan y se perdonan. Exageraba ridículamente con la ciudad
y tal vez también con su vida, pues todo lo que nos ha llegado
es que en su juventud "se entretuvo con amores livianos".
Es curioso, pero hasta personajes de la literatura han hablado de libertinaje
y de "corrupción de las costumbres" para caratular
al pobre Tejeda, que en el peor de los casos no debió haber sido
sino otro mujeriego más en la febril alborada de la América
criolla.
Una fruslería, pero importante para el destino
del poeta: él se sentía culpable e indigno de perdón.
Debe ser esa arbitrariedad del corazón la que hace que hoy lo
recordemos.